A veces se malentiende el significado de la palabra esperanza. En nuestras conversaciones cotidianas, la palabra cobra un matiz de incertidumbre; por ejemplo, podemos decir que esperamos que cambie el tiempo o que nos visite un amigo; sin embargo, en el lenguaje del Evangelio, “esperanza” es una palabra activa que implica seguridad y determinación.

Tenemos mente para pensar, manos para trabajar y ojos para darnos cuenta de que aún no terminamos de ver más allá. Sólo la esperanza nos hace ver lo invisible. Nos sostiene en lo que aún no perciben nuestros sentidos, pero que ya puede ser tan sólido como para edificar piedra sobre piedra un templo entero. Pero ¿dónde encontrar ese potencial? ¿Nos lo podemos dar a nosotros mismos, así sin más?

Ciertamente, la esperanza ya está en nosotros en germen. Pero no gracias a nuestros méritos ni por tendencia natural. La recibimos como don de Dios, quien sí ve mucho más allá, y como sembrador providente ha esparcido esa semilla sobrenatural en nosotros. Por eso mientras más crece nuestra unión con Él, también la esperanza germina y da sus frutos.

Este es el vínculo tan estrecho entre espiritualidad, esperanza y fuerza para transformar la realidad. A nosotros nos toca responder como tierra que se deja labrar y acoge el don.

Cultivar la esperanza es valorar tu altísima dignidad de imagen, hijo y discípulo del Señor de cielo y tierra. No te la dejes arrebatar por la ansiedad ante lo que pasa y pesa. Que no se erosione tu vida a falta de trascendencia.

La esperanza germina también en el hermano que tienes delante. Pero no simplemente porque lo tengas ahí, sino porque te hagas prójimo suyo al cargar con su necesidad y vendar sus heridas. Cada vez que lo haces con el que más te necesita, con el mismo Cristo lo estás haciendo. Y es Cristo quien te hace crecer hacia la plenitud de ti mismo.

Acrecentar la esperanza es cuidar tu familia, las personas que Dios te da para que los ames día a día y te enseñen a amar. Que sean tu prioridad. Entrégate a ellos y entrega lo mejor de ti por ellos. Y dando, recibirás.

Y así, día tras día en este empeño, la esperanza dará sus frutos en ti y mucho más allá de ti. Aunque caigas, volverás a levantarte más crecido y fortalecido. Porque ella será la linfa vital de lo que una vez fue sembrado en ti como semilla y que te seguirá haciendo crecer. No dejes de alimentarte de ella.

  • Aquí es donde empieza todo. Todo comienza aquí, hoy.
  • Soñamos para tener esperanza. Dejar de soñar, bueno, eso es como decir que no se puede cambiar el destino.
  • A menudo en los más oscuros cielos es donde vemos las estrellas más brillantes.
  • Nunca pierdas la esperanza. Las tormentas hacen a la gente más fuerte y nunca duran para siempre.
  • Algunos ven un final sin esperanza, mientras que otros ven una esperanza sin fin.
  • La esperanza no es lo mismo que el optimismo. No es la convicción de que algo saldrá bien, sino la certeza de que algo tiene sentido, independientemente de cómo resulte.
  • Hay un dicho tibetano, “la tragedia debe ser utilizada como una fuente de fortaleza.» No importa qué tipo de dificultades tengamos, cómo de dolorosa sea la experiencia, si perdemos nuestra esperanza, ese es nuestro verdadero desastre.
  • La esperanza es paradójica. Tener esperanza significa estar listo en todo momento para lo que todavía no nace, pero sin llegar a desesperarse si el nacimiento no ocurre en el lapso de nuestra vida.
  • Dicen que una persona necesita solo tres cosas para ser verdaderamente feliz en este mundo: alguien a quien amar, algo que hacer y algo por lo que tener esperanza.

La esperanza es como una gota de miel, un campo de tulipanes que florecen en primavera. Es aire fresco, una promesa susurrada, un cielo despejado, el signo de puntuación perfecto al final de una oración. Es la única cosa en el mundo que nos mantiene a flote. La diferencia entre la esperanza y la desesperación es que es una forma diferente de contar historias a partir de los mismos hechos.

Equipo de Psicopedagogía

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