La adolescencia es una etapa marcada por una mayor autonomía e independencia de los adultos y del entorno familiar, lo que puede llevar a la adopción de conductas de riesgo, entendidas como aquellas que son potencialmente dañinas o nocivas para su salud física y mental, como puede ser el consumo excesivo de alcohol o tabaco; el  abuso de drogas ilegales, como marihuana, cocaína y otras; la conducta sexual temprana o muy activa; el aislamiento, incomunicación o desánimo, etc.

“Estas conductas no son enfermedades en sí, pero pueden llevar a una enfermedad. El consumo de drogas aumenta la posibilidad de que el adolecente tenga después problemas de salud mental, como angustia, depresión o psicosis”.

Existen factores individuales y familiares que predisponen a presentar conductas de riesgo. Dentro de los individuales, está un temperamento irritable o muy emotivo, el déficit atencional, el trastorno de atención con hiperkinesia y los problemas de conducta. Mientras que en el plano familiar, se cuentan el descuido, la poca atención o el distanciamiento emocional de los padres, así como también la herencia o genética, como por ejemplo, familiares alcohólicos o con enfermedades mentales.

Algunas recomendaciones frente a la presencia de factores de riesgo:

•    Ayudar al adolescente a comunicar lo que le está pasando antes de que se transforme en un problema mayor. 

•    El estar de viaje, trabajar mucho o no vivir en la misma casa, no es excusa para perder el contacto con los hijos. Las tecnologías ofrecen la posibilidad de comunicarnos aunque estemos distantes geográficamente.

•    Saber que los adolescentes tienden a minimizar las conductas de riesgo. Cuando dicen que beben poco, y tenemos evidencia de lo contrario, no necesariamente están mintiendo. 

•    Transmitir al adolescente que nos interesa cómo se siente, saber qué hace, con quién está, pero que no sienta que estamos fisgoneando. “Si creemos que es importante conversar con el colegio o con sus amigos, anunciarle que lo haremos”.

•    Saber dónde están nuestros hijos, con quién, a qué hora van a volver y, si es posible, ir a buscarlo. El monitoreo es importante. 

•    Estar alertas si de pronto cambia de amigos y comienza a frecuentar un grupo que no conocemos, no lleva a casa o es de mayor edad.

•    Atención a los detalles, como una baja significativa del promedio de notas, o que ya no quiera cenar en la mesa con el resto de la familia y en cambio prefiera pasar el tiempo encerrado en su habitación.

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